Victoria despertó antes de que sonara la alarma y, durante unos segundos, permaneció inmóvil. Entonces recordó que estaba en su departamento, un lugar pequeño, modesto y todavía incompleto, pero completamente suyo.
Se levantó y caminó descalza hasta la ventana. Desde allí no podía ver los jardines de la mansión Montenegro ni la entrada llena de coches, sino edificios cercanos, personas comenzando el día y el movimiento habitual de la calle.
Había menos lujo, pero también menos tensión.
Sacó su