Mundo ficciónIniciar sesiónVictoria revisó el plano sobre la mesa del pequeño taller.
No era un proyecto grande. Tampoco era algo que fuera a cambiar su vida de inmediato. Se trataba del rediseño de una pieza funcional para una línea de mobiliario de oficina, un encargo sencillo que una antigua compañera de universidad le había ofrecido casi por insistencia.
Aun así, para Victoria significaba más de lo que quería admitir.
—Si este soporte queda más liviano, podemos reducir material sin perder estabilidad —dijo ella, señalando una parte del diseño.
Laura, su compañera, se inclinó para mirar mejor.
—Eso fue justo lo que pensé cuando te llamé. Necesitaba a alguien que no solo hiciera algo bonito, sino algo útil.
Victoria sonrió apenas.
—Sigue siendo una propuesta pequeña.
—Pero es tuya —respondió Laura—. Y te hacía falta volver a algo tuyo.
Victoria bajó la mirada al plano.
Eso era lo que no quería decir en voz alta.
Durante años, su vida se había organizado alrededor de otros. La recuperación de Fernanda, los pendientes de la familia Altamirano, los eventos de los Montenegro, las ausencias de Adrián. Siempre había algo más importante que ella.
Ese proyecto era mínimo, pero le recordaba que antes de ser esposa de Adrián Montenegro había sido Victoria Altamirano, una mujer que estudió diseño industrial, que podía resolver problemas, defender una idea y construir algo sin pedir permiso.
—No sé cuánto tiempo pueda dedicarle —dijo.
Laura la miró con cuidado.
—¿Por Adrián?
Victoria no respondió de inmediato.
No le gustaba hablar de su matrimonio. Menos aún con alguien que la conocía desde antes, cuando ella todavía podía disimular mejor lo que sentía por él.
—Por todo —dijo al fin.
Laura no insistió.
—Solo revisa esta parte y ven la próxima semana si puedes. No tienes que hacerlo perfecto, Victoria. Solo tienes que empezar.
Victoria asintió.
Guardó algunos papeles en una carpeta y salió del taller cerca del mediodía. Al subir al auto, se quedó unos segundos con las manos sobre el volante. Sentía una culpa absurda por haber dedicado unas horas a algo que no tenía relación con Adrián ni con Fernanda.
Luego pensó que quizá esa culpa era precisamente la prueba de lo mucho que se había perdido a sí misma.
Cuando llegó a la casa, Adrián estaba en la sala.
Victoria se detuvo al verlo. No lo esperaba ahí a esa hora.
Él levantó la vista desde su teléfono.
—¿Dónde estabas?
La pregunta no sonó agresiva, pero sí demasiado seria para ser casual.
Victoria dejó la carpeta sobre una mesa lateral.
—Salí a ver a una amiga.
Adrián miró la carpeta.
—¿Con esa amiga necesitas planos?
Victoria sostuvo su mirada.
—Me ofrecieron colaborar en un proyecto de diseño.
—¿Diseño?
—Industrial. Lo estudié, ¿recuerdas?
La frase salió más directa de lo que había planeado.
Adrián guardó silencio un momento. Claro que lo sabía. Había estado presente en su graduación, años atrás, aunque entonces había ido porque Fernanda le pidió acompañarla. Victoria todavía recordaba verlo entre los invitados. Ella había recibido su título y, al bajar del estrado, lo buscó sin querer.
Él estaba hablando con Fernanda.
Victoria había sido joven entonces, pero no ingenua. Ya sabía que Adrián no la miraba así. Aun así, lo amaba en silencio, de esa forma torpe y paciente que no pide nada porque sabe que no tiene derecho.
—Pensé que ya no trabajabas en eso —dijo él.
—No lo hacía.
—¿Y ahora sí?
—Ahora quiero intentarlo.
Adrián se levantó.
—Victoria, si esto es por lo de la gala o por el hospital, no tienes que buscar maneras de llamar mi atención.
Ella lo miró sin entender al principio. Luego comprendió.
Para él, incluso eso tenía que girar alrededor de su matrimonio.
—No estoy intentando llamar tu atención.
—Entonces pudiste decírmelo.
—¿Para qué?
Adrián frunció el ceño.
—Porque soy tu esposo.
Victoria sintió que esa palabra le pesaba de una forma distinta esa tarde.
—Lo sé.
—No actúes como si no importara.
Ella soltó una respiración lenta.
—Adrián, si hubiera dicho que quería trabajar en un proyecto pequeño, ¿habrías escuchado?
Él no respondió enseguida.
—He tenido muchas cosas en la cabeza.
—Siempre las tienes.
La frase quedó entre ellos, tranquila y difícil de ignorar.
Adrián bajó un poco la voz.
—Esto es por Fernanda.
Victoria apretó la carpeta contra su cuerpo.
—No todo en mi vida es por Fernanda.
Él la observó con una mezcla de sorpresa y molestia contenida.
—Últimamente estás distinta.
—Tal vez solo estás notándolo.
Adrián se acercó un paso.
—No quiero discutir contigo.
—Yo tampoco.
—Entonces explícame qué está pasando.
Victoria casi lo hizo.
Casi le dijo que estaba cansada de vivir esperando pequeños restos de atención. Casi le confesó que lo amaba desde antes de casarse con él, desde mucho antes de que las familias decidieran usarla como reemplazo. Casi le dijo que aceptó ese matrimonio no solo por salvar a los Altamirano, sino porque no soportó verlo perderlo todo mientras ya estaba perdiendo a Fernanda.
Había pensado en él más que en sí misma.
Había firmado porque lo amaba.
Y ese amor, en lugar de acercarlo, parecía haberla condenado a estar siempre a un lado.
Pero Adrián no estaba listo para escuchar eso. Tal vez nunca lo estaría.
Victoria bajó la mirada a la carpeta.
—No está pasando nada que debas resolver.
Adrián la estudió con atención.
—Ese silencio tuyo no me gusta.
—No es para gustarte.
La respuesta fue suave, pero lo hizo quedarse quieto.
Victoria no levantó la voz. No reclamó. No lloró. Solo caminó hacia el escritorio pequeño que casi nunca usaba y dejó ahí los documentos del proyecto.
Adrián la siguió con la mirada.
—¿Vas a seguir con eso?
Victoria acomodó los papeles con calma.
—Sí.
—¿Aunque no sea necesario?
Ella giró hacia él.
—Precisamente porque no es necesario para nadie más.
Adrián no dijo nada.
Victoria tomó un lápiz y lo dejó sobre la carpeta, como si con ese gesto cerrara una conversación y abriera otra parte de su vida.
No sabía si ese proyecto llegaría lejos.
No sabía si sería capaz de recuperar todo lo que había dejado atrás.
Pero esa tarde, aunque no se permitió decirlo en voz alta, Victoria eligió hacer algo que no nacía de la culpa, ni de Fernanda, ni de Adrián.
Nacía de ella.







