Mundo de ficçãoIniciar sessãoVictoria revisó la hora por tercera vez.
La cita médica era a las diez y media, y Adrián había dicho que la acompañaría. No lo había dicho con entusiasmo, pero tampoco con molestia. Solo había aceptado después de que ella le explicó que el doctor quería revisar unos resultados y que prefería no ir sola.
Victoria no quiso emocionarse demasiado.
Había aprendido a no hacerlo.
Aun así, esa mañana se arregló con más cuidado de lo normal. Eligió un vestido cómodo, guardó los estudios en una carpeta y dejó su bolso listo sobre la silla del vestidor. No esperaba flores, ni palabras cariñosas, ni una atención especial.
Solo esperaba que esta vez él cumpliera.
Cuando bajó, Adrián estaba en la sala, hablando por teléfono. Vestía traje, pero aún no se había puesto la chaqueta. Al verla, cubrió el auricular con una mano.
—Salimos en quince minutos —dijo.
Victoria asintió.
—Está bien.
Se sentó a esperarlo. Abrió la carpeta para revisar que no faltara nada, aunque ya lo había hecho varias veces. Análisis. Receta. Nota del doctor. Todo estaba ahí.
Adrián terminó la llamada y tomó su café de pie.
—¿Te sientes mal? —preguntó.
Victoria levantó la mirada.
—No. Es solo una revisión.
—Entonces no tardaremos.
La frase no era cruel. Era práctica. Como casi todo en él cuando se trataba de ella.
Victoria cerró la carpeta.
—Eso espero.
Adrián iba a responder, pero su teléfono volvió a sonar.
La pantalla quedó visible sobre la mesa.
Hospital San Gabriel.
Victoria sintió que algo en su cuerpo se tensaba antes de que él contestara.
—Doctor Ramírez —dijo Adrián.
Al principio, su expresión fue seria. Luego cambió.
No hizo falta que Victoria escuchara toda la conversación para entender que se trataba de Fernanda. Adrián se enderezó, dejó el café sobre la mesa y caminó hacia la ventana.
—¿Está seguro? —preguntó—. ¿Hubo respuesta al estímulo?
Victoria bajó la mirada a sus manos.
El mundo de Adrián volvía a ordenarse en torno a una sola persona.
—Voy para allá —dijo él—. Sí, ahora mismo.
Victoria cerró los ojos un segundo.
Cuando Adrián cortó la llamada, ya estaba tomando la chaqueta.
—Fernanda reaccionó a una prueba —dijo con una urgencia que no intentó disimular—. El doctor quiere hablar conmigo.
Victoria se puso de pie.
—Adrián, mi cita es en menos de una hora.
Él se detuvo como si acabara de recordarlo.
—Lo sé.
Pero su mano seguía sobre la chaqueta.
Victoria esperó.
Él miró hacia la puerta y luego hacia ella.
—Puedo pedirle a Manuel que te lleve.
La frase fue simple. Tal vez incluso bien intencionada. Eso la hizo más difícil de recibir.
—Me dijiste que irías conmigo.
—Victoria, esto puede ser importante.
Ella sostuvo la carpeta contra su pecho.
—Mi revisión también lo es.
Adrián pareció incómodo, pero no cambió de decisión.
—No estoy diciendo que no lo sea. Solo digo que lo de Fernanda no puede esperar.
Victoria asintió despacio.
—Claro.
Adrián se acercó un poco.
—Cuando termine en el hospital, te llamo.
—No hace falta.
—Victoria.
Ella levantó la mirada.
—Ve. El doctor te está esperando.
Adrián dudó apenas. Después tomó las llaves.
—Mándame mensaje cuando salgas.
No esperó respuesta.
Victoria escuchó la puerta cerrarse y se quedó en la sala con la carpeta en brazos.
Durante varios minutos no se movió.
Después llamó a la clínica y cambió la cita para otro día. La recepcionista le ofreció un horario la semana siguiente. Victoria aceptó, dio las gracias y colgó.
No estaba sorprendida.
Eso era lo peor.
No sentía el golpe de una traición inesperada, sino el cansancio de algo repetido demasiadas veces. Adrián no había elegido lastimarla. Simplemente había elegido a Fernanda, como siempre.
Al mediodía, Victoria decidió ir al hospital.
No sabía qué buscaba. Tal vez quería confirmar con sus propios ojos que la ausencia de Adrián tenía una razón. Tal vez necesitaba ver hasta dónde llegaba esa esperanza que todos guardaban para Fernanda y que a ella la dejaba sin espacio.
Cuando llegó al piso de neurología, saludó a la enfermera de recepción. Ya la conocían. Durante años había ido a ese hospital como esposa de Adrián y hermana de Fernanda, aunque en ninguno de esos papeles se sintiera completa.
—El señor Montenegro está en la habitación —dijo la enfermera.
Victoria asintió.
Caminó por el pasillo sin prisa. Al llegar a la puerta, se detuvo.
Adrián estaba sentado junto a la cama de Fernanda.
Tenía la mano de ella entre las suyas.
Victoria no entró.
Desde donde estaba podía verlo inclinado hacia su hermana, hablándole en voz baja. No alcanzaba a escuchar todo, pero sí una frase.
—Estoy aquí, Fer. No te preocupes nunca te dejare.
Victoria sintió que la carpeta que llevaba en la mano ya no tenía ningún peso.
No era solo la ternura con la que él sostenía la mano de Fernanda. Era la naturalidad del gesto. Como si ese lugar le perteneciera desde siempre. Como si todo lo demás, incluso su matrimonio, hubiera sido una pausa demasiado larga.
Fernanda seguía inmóvil, pero Adrián la miraba como si pudiera responderle en cualquier momento.
Victoria sintió culpa por el pensamiento que intentó apartar.
Si Fernanda despertaba, todo terminaría para ella.
Y una parte de Victoria no quería que eso pasara. No porque odiara a su hermana. No porque le deseara mal. Sino porque sabía que el regreso de Fernanda le quitaría la única oportunidad que había tenido de ser amada por Adrián.
Ese pensamiento la avergonzó.
Bajó la mirada.
Ella no quería ser esa clase de mujer. No quería competir con alguien que estaba en una cama de hospital. No quería medir su dolor contra el de una hermana que no había elegido nada de lo ocurrido.
Pero tampoco podía negar lo que sentía.
Amaba a Adrián desde antes de casarse con él. Lo había amado incluso cuando sabía que él miraba a Fernanda. Lo había amado cuando aceptó ese matrimonio para ayudarlo a conservar lo que podía perder. Lo había amado en silencio, esperando que algún día él descubriera que ella no era solo una solución.
Y ahora, al verlo ahí, comprendió que quizá nunca lo haría.
Adrián levantó la mano de Fernanda y la acercó a sus labios con cuidado.
Victoria dio un paso hacia atrás.
No iba a entrar. No iba a interrumpir. No iba a obligarlo a verla en un momento donde su corazón, aunque nunca se lo hubiera dicho, estaba frente a otra mujer.
Sacó la mano izquierda del bolso y miró su anillo.
Durante años lo había llevado como si ese círculo pudiera darle un lugar. Como si bastara con tener el apellido de Adrián para algún día tener también su amor.
Con calma, se lo quitó.
No hubo rabia en el gesto. No hubo intención de lastimarlo. Solo una decisión que empezó y terminó dentro de ella.
Guardó el anillo en el bolsillo interior del bolso y cerró el broche.
Luego miró una última vez hacia la habitación.
Adrián seguía junto a Fernanda.
Victoria giró y caminó hacia el elevador.
Si Fernanda despertaba, ella no esperaría a que Adrián la dejara.
Esta vez sería Victoria quien se marcharía antes.







