Dentro del lujoso tocador de la mansión, el ambiente se volvió insoportablemente denso y con aroma a sexo.
El espacio, revestido de mármol veteado y grifería de oro, conservaba un frío sepulcral que contrastaba con el calor febril que emanaba de los cuerpos. El aire, saturado por el incienso fúnebre que se filtraba bajo la puerta y el perfume de nardos de las coronas cercanas, se sentía pesado, casi sólido, irrespirable para ella.
Olivia intentó empujar el pecho de Julian, pero el roce de la lana de su chaqueta contra sus palmas solo avivó un hambre antigua que había cesado por la última pelea. Sus dedos, traicionando su intención inicial, se hundieron con ansia en las solapas del hombre.
El peligro de ser descubiertos en pleno duelo familiar actuó como un afrodisíaco letal, encendiendo una chispa de perversidad que les corría por las venas como veneno líquido.
—Julian, suéltame ahora mismo. No es el lugar adecuado, ni el momento para esto —siseó ella, aunque su cuerpo se arqueaba hac