La mansión Harroway, envuelta en crespones de seda negra y un silencio fúnebre, se transformó en el escenario de una colisión que aguardó tres años para detonar y destrozarlo todo. El aire en el gran salón estaba viciado, saturado por el olor de cientos de coronas de flores cuya fragancia dulce resultaba casi nauseabunta.
Karina percibió la mirada de Dante antes de verlo, y fue una quemadura eléctrica en la nuca que le erizó la piel.
Él lucía una madurez tallada en piedra. Las sienes, ahora lig