Dos días después del sepelio, la atmósfera en el despacho del abogado de la familia Harroway poseía una densidad casi sólida y un peso que dificultaba la respiración de los presentes.
El sol de la tarde se filtraba débilmente por los pesados cortinajes de terciopelo, iluminando las motas de polvo que danzaban sobre el escritorio de caoba. El silencio absoluto solo encontraba interrupción en el rítmico y seco pasar de las hojas del testamento.
Allí, en un rincón cargado de sombras, Karina buscab