Dos días después del sepelio, la atmósfera en el despacho del abogado de la familia Harroway poseía una densidad casi sólida y un peso que dificultaba la respiración de los presentes.
El sol de la tarde se filtraba débilmente por los pesados cortinajes de terciopelo, iluminando las motas de polvo que danzaban sobre el escritorio de caoba. El silencio absoluto solo encontraba interrupción en el rítmico y seco pasar de las hojas del testamento.
Allí, en un rincón cargado de sombras, Karina buscaba refugio en el calor de la mano de Luciano, mientras Teo mantenía un semblante de mármol. Frente a ellos, Ana y Julian devoraban cada gesto del letrado con una voracidad que rayaba en la desesperación.
Los hermanos adoptados eran los más interesados por saber qué dejó el viejo Harroway. Estuvieron todos esos años con él para tener algo de valor al final. Se decepcionarían si al final del día descubriesen que al viejo solo le importaban sus verdaderos nietos.
—Y como voluntad final... —El abogad