Dos días después, cuando la mansión finalmente comenzaba a sumirse en una calma frágil, esa clase de silencio que precede a las nuevas tormentas, un llamado suave y casi vacilante a la puerta rompió la quietud de la tarde que debía ser para su familia.
Dante, cuyos nervios seguían a flor de piel tras las revelaciones de Ana, abrió la pesada hoja de madera y se encontró con una imagen que lo desarmó por completo: era la madre de Olivia.
No quedaba rastro de la mujer que alguna vez conoció cuando