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Dante permanecía de pie, rígido, con el rostro de un blanco cadavérico, mientras Ana, con los ojos inyectados en sangre y las manos apretadas contra el pecho, soltaba la verdad que lo envenenaba más que cualquier sustancia.

—Dante, lamento profundamente la muerte de tu esposa, pero tienes que entender que ella misma cavó su tumba por su propia ambición —soltó Ana, con una voz quebrada que apenas lograba salir de su garganta. Estaba arrepentida de haber callado tanto tiempo—. Julián me lo confes
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