Rosalina se quedó paralizada, con los ojos fijos en lo que había hecho.
El arma cayó de sus manos con un estrépito sordo, rebotando contra el piso del jardín. Nunca pensó que llegaría tan lejos.
Nunca pensó qué sería capaz de apretar el gatillo. Sus labios temblaban, y de sus ojos caían lágrimas incontenibles. Sus manos, manchadas de sudor y pólvora, parecían no pertenecerle.
El silencio que siguió fue roto por un grito desgarrador:
—¡Mamá!
Los guardias irrumpieron de inmediato, y uno de ellos c