Amadeo cargó a Abril, sin importar ninguna mirada.
La llevó con urgencia a una sala apartada, lejos del bullicio, lejos de las miradas que no comprendían.
Su cuerpo aún temblaba, empapado, frágil, como si el frío del agua hubiese quedado atrapado en su piel y en sus huesos.
La recostó con delicadeza sobre un sofá antiguo, cubriéndola con una manta, y luego se arrodilló frente a ella, con el corazón agitado.
Abril abrió los ojos con lentitud.
Tardó un momento en enfocarlo, en reconocer el rostro