—¡Gregorio! —gritó Jessica, con lágrimas contenidas—. ¿Acaso no me amas?
Gregorio la miró fijamente. La desesperación en sus ojos era un espejo de la suya.
—¡Claro que sí! —exclamó, sujetando su rostro entre las manos—. Jess... ella está muerta. Solo por ahora. Pronto... pronto nos casaremos, te lo prometo.
Jessica esbozó una sonrisa forzada, rota.
—Está bien. Después de todo, yo no quiero vivir en la casa de una muerta.
Se acercó y lo besó con rabia contenida, con deseo reprimido, con algo pare