—¡¡Abuela!! —exclamó Gregorio, con la voz quebrada, como si esa única palabra pudiera detener lo inevitable.
—¡Vete ahora mismo de aquí! —gritó ella, con los ojos enrojecidos por la ira y el dolor, apuntándolo con el dedo tembloroso—. Ya obtuviste lo que querías de nosotros, ¿verdad? ¡El dinero! ¡La presidencia! ¡El poder! Pues quédate con todo eso… porque ya no tienes una familia. Ya no eres nuestro nieto. ¡Para nosotros estás muerto, Gregorio!
—¡Abuela, por favor! ¡Escúchame! —rogó él, dando u