—¡No! —la voz de Abril se quebró como un cristal al chocar con el suelo—. ¡No puede ser, no! Él no… ¡Amadeo no puede estar muerto! Él no… él no pudo abandonarme.
Sus manos temblaban y su pecho se agitaba con cada respiración, como si el aire fuera un enemigo que la asfixiaba.
Un sollozo seco le desgarró la garganta y después vinieron más, imparables, como un torrente que se había contenido demasiado tiempo.
Dhalia, con los ojos llenos de lágrimas, no dudó ni un segundo.
Se lanzó hacia ella, envo