Mansión Dubois
La habitación estaba envuelta en una atmósfera opresiva. Las gruesas cortinas cerradas no dejaban pasar ni un rayo de luz, y el aire olía a perfume rancio, desesperación y rabia contenida. Rebeca caminaba de un lado a otro, con los tacones golpeando el suelo como martillazos, sus dedos crispados y el maquillaje corriéndose por el calor de su propio odio.
—¡Maldita sea! —gritó con furia, arrojando una copa de cristal contra la chimenea. El estallido del vidrio no calmó su ira, solo