Ricardo intentó besarla, con desesperación. Pero ella, firme, giró el rostro. Ese gesto simple, tan pequeño, le encendió algo oscuro por dentro. Un rugido primitivo brotó desde su pecho: deseo, rabia, hambre contenida. ¿Cómo era posible que solo con su silencio, solo con un rechazo tan sutil, ella lo incendiara así?
Tomó su rostro con fuerza, no violento, pero con una intensidad que la hizo contener el aliento.
Dhalia abrió los ojos, sorprendida, sus pupilas temblaban. Entonces él la besó.
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