Al llegar al departamento donde se estaba quedando, Mia apenas tuvo fuerzas para sostenerse en pie.
Su cuerpo estaba agotado, sus manos temblaban y la adrenalina que la había mantenido corriendo hasta ese momento comenzaba a desvanecerse, dejando en su lugar un cansancio abrumador.
El hombre que la acompañaba abrió la puerta con prisa, la tomó suavemente del brazo y la ayudó a entrar.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó ella, aun con la respiración agitada.
—Mario… Mario Villalpando —respondió con se