Aníbal llegó al consultorio del doctor con el corazón, latiéndole como un tambor dentro del pecho.
El pasillo parecía más largo que nunca, cada paso era pesado, como si el piso quisiera hundirlo. El doctor, con rostro serio, le extendió el sobre cerrado que contenía la verdad que había temido y esperado al mismo tiempo: la prueba de ADN.
Aníbal lo tomó con manos temblorosas. Podía sentir cómo el papel ardía en sus dedos, como si quemara, como si llevara en su interior un secreto demasiado doloro