Al día siguiente, el aire estaba cargado de tensión desde temprano.
A pesar de su convalecencia, de los mareos que todavía la hacían tambalear, Rosalina se obligó a levantarse de la cama.
Su cuerpo clamaba descanso, pero su mente estaba dominada por la ira y el deseo de venganza.
Cada músculo le dolía, cada respiración le parecía un recordatorio de lo vulnerable que estaba, pero nada de eso podía detenerla.
Quería humillar a Mia, destruirla públicamente, y nada, ni siquiera su propio cansancio,