Un auto apareció entre la neblina de la tarde, sus faros recortando las sombras. Abril sintió de inmediato que era él. Gregorio.
En ese instante, una sensación helada le recorrió la espalda. El estómago se le hundió como si el suelo se abriera bajo sus pies, y un miedo profundo, casi paralizante, se instaló en su pecho.
Su respiración se volvió agitada, consciente de que algo irreversible estaba a punto de suceder.
Gregorio bajó del auto de un salto, con los ojos desorbitados, buscando desespera