La ambulancia llegó envuelta en un ulular constante.
El aire estaba impregnado de olor a gasolina y sangre.
Gregorio, pálido y con la camisa empapada en rojo, fue colocado con cuidado sobre la camilla. Sus labios murmuraban palabras entrecortadas que Abril no podía comprender.
Ella, con las manos aferradas al pecho, observaba impotente cómo se lo llevaban.
El corazón le golpeaba en las costillas con tanta fuerza que sentía que podía romperse. Amadeo, con el rostro tenso, la tomó del brazo y la g