Al día siguiente.
El ambiente estaba cargado. Abril sabía que algo iba a estallar, pero guardaba su compostura como una reina en territorio enemigo.
Greg, con el rostro endurecido y los labios apretados, la obligó a subir al auto sin decir una palabra.
El trayecto fue un silencio incómodo, tenso, como si ambos supieran que, al cruzar esa puerta, las reglas del juego cambiarían.
Cuando llegaron a la casa de los abuelos, la abuela abrió la puerta antes de que tocaran. Su rostro se iluminó como si