Bajó la mirada, tragando saliva con dificultad. Su voz, apenas un susurro cargado de rabia contenida, fue lo único que se atrevió a pronunciar.
—¿Qué…? ¿Qué has dicho?
Él la miró con dureza. El desprecio en su mirada era como un puñal que se clavaba sin piedad.
—No quiero que vuelvas a ver a ese hombre. A partir de hoy, te concentras en lo único que me importa: dar a luz a ese bastardo… y en lograr que mis abuelos me den la presidencia. Eso es todo lo que quiero de ti. Lo demás, me importa una m