Esa noche, Gregorio y Abril llegaron juntos, a la mansión de los abuelos, aunque entre ellos el aire era denso, espeso, como si cada paso arrastrara un pedazo de pasado mal enterrado.
Apenas cruzaron el umbral, una figura los esperaba en la penumbra del vestíbulo. Era Sarahi.
Su sonrisa parecía tallada en hielo.
Abrió los brazos con fingida ternura y abrazó a su hijo con fuerza, pero sus ojos, cuando se posaron en Abril, ardieron con una hostilidad apenas disimulada.
Abril torció la boca, fastid