Abril sostenía a su hijo contra su pecho, acunándolo con un vaivén casi mecánico, como si el contacto con su pequeño fuera lo único que le permitía mantenerse en pie.
Iba en silencio dentro del auto, sin dirigirle una sola mirada al hombre que estaba a su lado. Gregorio.
Lo había amado una vez… con una intensidad que ahora le parecía absurda, ingenua.
Ese amor que antes le llenaba el alma se había transformado en algo oscuro, espeso, imposible de tragar: un odio que quemaba por dentro.
Odiarlo e