Al día siguiente, Amadeo despertó antes que Abril. El sol apenas despuntaba tras los muros de la mansión, y el silencio en su alcoba era tan denso que parecía presagiar la tormenta que se avecinaba.
Sin prisas, se incorporó y se vistió con elegancia, cada gesto medido, como si supiera, ya que aquel amanecer marcaría un antes y un después.
Bajó a la cocina privada, donde el aroma intenso del café recién colado comenzaba a desvanecer el frío de la madrugada. Con manos expertas, preparó el desayuno