—¡¿Cómo te atreves a hacer algo así?! —gritó Ernestina, con la voz quebrada entre la furia y la humillación. Su rostro ardía, no solo por la vergüenza, sino por el dolor punzante que nacía en su pecho.
Amadeo la miró con desdén. Ni una pizca de arrepentimiento se dibujaba en su rostro. Luego rio… una risa seca, cruel, que retumbó como una bofetada entre las paredes del recinto.
—Te lo advertí muchas veces, Ernestina —dijo con voz baja pero cortante—. Yo nunca te he amado… y nunca lo haré. Solo e