Ricardo intentó alcanzar a Bethany, que se alejaba con la mirada llena de rabia y decepción.
—¡Bethany, espera, por favor! —suplicó, sin aliento, con el rostro desencajado por el pánico.
Pero fue inútil. Ella ya no lo escuchaba.
Dentro del salón, Ernestina giró hacia su madre, los ojos llenos de incredulidad y dolor.
—¡¿Cómo es posible esto, mamá?! —gritó, como si acabara de recibir una puñalada.
Rebeca mantuvo la calma, pero su voz cortó el aire como un látigo.
—¡Basta, Ernestina! —espetó—. Est