En el pasillo, Beth interceptó a Amadeo. Su expresión era dura, contenía una mezcla venenosa de despecho y satisfacción.
—¿Estás feliz, Amadeo? —preguntó con un tono amargo, venenoso, como si saboreara cada palabra—. Porque esa felicidad no te va a durar mucho.
Amadeo la miró con el ceño fruncido, sin comprender del todo la provocación.
Beth dio un paso más cerca, demasiado cerca, invadiendo su espacio personal con la mirada encendida por el rencor.
—Ernestina está embarazada… y es tu hijo el qu