Mia y Mario se encontraron en un restaurante elegante, el murmullo de los comensales se mezclaba con el tintinear de las copas.
Ella llevaba un vestido sencillo, pero sus ojos ardían de rabia contenida.
Mario la miró con seriedad, esa que reservaba solo para los momentos en que sabía que la verdad podía doler.
—Mia, te lo dije… —su voz fue firme, casi áspera—. Ese hombre es dañino para ti. Él y su padre son unos cobardes, lo único que saben es destruir lo que no pueden tener.
Mia bajó la mirada,