Horas más tarde…
El motor del auto rugió por última vez antes de detenerse frente a los altos portones de la mansión en Catalia. La noche estaba en silencio, pero se sentía espesa, como si el aire presintiera lo que estaba por suceder. Las luces del coche se apagaron. Solo la luna observaba.
Los hombres esperaban ocultos entre las sombras. Tenían órdenes precisas. No iban a fallar.
Apenas el chofer abrió la puerta del conductor y puso un pie fuera del auto, los disparos comenzaron.
Una ráfaga br