—¡¿Qué?! —exclamó Rebeca, dando un paso hacia atrás como si le hubieran dado una bofetada. Su expresión cambió de inmediato: la furia fue sustituida por una chispa de ambición encendida en sus ojos—. ¿Estás completamente segura de lo que estás diciendo?
Su voz sonó temblorosa, pero no de miedo… sino de emoción contenida.
—Benjamín, déjanos solas —ordenó sin apartar la mirada de su hija.
Benjamín bajó la cabeza, obediente, y se retiró cerrando la puerta con suavidad, aunque el silencio que quedó