A la mañana siguiente.
La luz de la mañana apenas se filtraba por las cortinas pesadas cuando Amadeo abrió los ojos. Por un instante, pensó que seguía soñando.
El perfume de Abril aún flotaba en el aire, esa mezcla embriagante de peligro y dulzura que lo desarmaba cada vez.
Pero la cama a su lado ya estaba vacía.
Se incorporó, de golpe, el corazón acelerado. Ella estaba de pie, dándole la espalda, abrochándose lentamente la blusa.
Cada movimiento suyo era preciso, como si no dejara nada al azar.