Greg se quedó helado, con el teléfono pegado al oído, sintiendo cómo la humillación lo consumía desde adentro como fuego lento.
Pero la línea ya estaba muerta.
Lanzó un grito frío, intentó llamar, pero nada, el teléfono estaba ahora apagado, ella no respondía más.
Del otro lado, Amadeo dejó el celular sobre la mesita de noche con una sonrisa triunfal dibujada en el rostro.
Se giró hacia la mujer que dormía profundamente, boca abajo, la piel descubierta por las sábanas enredadas a su cintura.
Se