—Mamá, tenemos que irnos —anunció Carol con premura, entrando a la casa.
Rosa se mostró sorprendida por su actitud, no se esperaba un cambio semejante. Sin duda ya no había rastros de la muchacha dulce que había salido esa mañana, ahora parecía otra.
—¿Qué sucede, Carol? —indagó de inmediato.
—Tenías razón, mamá —sus ojos se mostraron dolidos, mientras luchaba por contener las lágrimas que querían brotar a borbotones—. Me convertí en la puta de ese hombre. Una más de las tantas que tiene. Y…—