—Te veo muy contenta, hija mía —notó Rosa, la imborrable sonrisa en el rostro de su hija.
Carol se encontraba recogiendo las persianas para que la luz del sol se filtrara mejor en la habitación. Mientras tanto no dejaba de sonreír, pensando en que finalmente su vida parecía tomar el rumbo deseado.
—Estoy feliz de tenerte de regreso en casa —contestó la joven, sabiendo que aquello no era lo único que la mantenía en ese estado.
Desde esa noche que había compartido con Gustavo no había podido de