El olor a carne quemada y magia antigua inunda la habitación cerrada.
Lía tiene las manos sobre el pecho abierto de Magnar. Sus palmas brillan con una luz violeta que palpita al ritmo de un corazón agónico. La flecha de plata yace en el suelo, pero el veneno del metal ya ha corrido por las venas del Rey.
—Para... —jadea Magnar, intentando apartar la mano de ella con dedos temblorosos—. Lía, no... Estás usando tu propia vida. El bebé...
—Cállate —sisea ella, con el sudor perlando su frente pálid