Tras quedar en la solitaria torre de castigo, Lía se queda dormida, presa de las emociones que el episodio le ha dejado y de los malestares que ha tenido desde hace días.
Sin saber cuánto tiempo pasa, el despertar no es suave, sino que es un golpe seco contra la realidad.
Lía abre los ojos y lo primero que siente es el frío. Uno húmedo, cruel, que se le mete en los huesos y la hace tiritar violentamente. No hay sábanas de seda, ni chimenea encendida, ni el calor reconfortante de Magnar a su lad