La ceremonia fue, en todos los sentidos, una obra maestra de la elegancia sombría. Observé el salón, un vasto recinto que durante siglos ha sido testigo de traiciones y alianzas, y por primera vez, no veo enemigos esperando mi caída, sino subordinados viendo el nacimiento de un nuevo orden. La marca en el cuello de Iraida, esa rosa negra con espinas carmesí coronada por la media luna, pulsa con un calor que resuena directamente en mi propia piel. Ya no es solo una cuestión de leyes o de polític