El silencio de mi despacho suele ser mi santuario, el único lugar donde las voces de mis antepasados y las exigencias de la corona dejan de zumbar en mis oídos. Pero hoy, el silencio es un enemigo. Cada rincón de esta habitación parece burlarse de mi falta de autocontrol, devolviéndome la imagen de lo que ocurrió hace apenas unas horas.
Cerré los ojos, pero la oscuridad detrás de mis párpados no me dio tregua. Mi mente, traicionera y vívida, me arrastró de vuelta a la noche anterior.
Había pasa