El reloj de mármol en el salón principal de la mansión marcó las nueve en punto cuando Margarette descendió las escaleras con un abrigo oscuro y un bolso pequeño.
—¿Va a salir, señora? —preguntó una de las empleadas.
—Sí, asuntos de familia —respondió con una sonrisa impecable.
La puerta se cerró con un clic suave que, sin embargo, pareció sellar un pacto con la noche.
El auto negro la esperaba en la esquina.
Dentro, el Cuervo la aguardaba con su presencia imponente y muda.
—Ella no tiene pacie