El viento soplaba como una advertencia.
El convoy de Dante se movía sigiloso entre los callejones industriales, bajo un cielo de nubes pesadas que amenazaban tormenta. Edgar conducía el primer vehículo; detrás, dos todoterrenos sin placas.
El olor del metal y del peligro impregnaba el aire.
—¿Seguro que la fuente es confiable? —preguntó Edgar, con el ceño fruncido.
—No —respondió Dante—. Pero si el Cuervo está ahí, quiero verlo morir con mis propios ojos.
El edificio al que llegaron parecía aba