El aire olía a metal oxidado y humedad.
Ivana abrió los ojos lentamente, la cabeza le daba vueltas, y el gusto amargo de la droga todavía le pesaba en la lengua. La luz que se colaba por la rendija del techo era débil, apenas suficiente para distinguir las sombras que se movían fuera del cuarto.
Parpadeó, intentando enfocar el entorno, habían paredes de concreto desnudo, una puerta metálica sin picaporte y una sola silla rota en la esquina. El sonido distante del agua goteando se mezclaba con