El amanecer entró despacio por los ventanales, filtrándose entre las cortinas como una promesa incierta.
El fuego de la chimenea se había apagado hacía horas, pero el aire aún conservaba ese calor denso de la pasión vivida.
Ivana abrió los ojos lentamente, con el cuerpo pesado y el alma suspendida entre el sueño y la realidad.
La cama estaba vacía.
El lado de Dante aún conservaba el hueco de su cuerpo y el aroma inconfundible de su piel: madera, whisky y deseo.
Se incorporó despacio, cubri