El motor del auto rugía suave mientras se alejaban del hotel. Afuera, la ciudad seguía su fiesta de luces; adentro, el silencio era un campo de batalla.
Ivana respiraba con dificultad, recostada contra el asiento, la piel aún helada y los labios resecos. El mareo la hacía cerrar los ojos a ratos, y cada vez que lo hacía revivía la caída de la copa y las miradas horrorizadas. Podía escuchar todavía los murmullos, los flashes de las cámaras, el cuchicheo venenoso de la gente que había celebrado s