El eco de los tacones de Ivana resonaba en los pasillos de la mansión como un metrónomo acelerado. Aún sentía el sabor metálico en la boca y la debilidad en las piernas, pero su mirada estaba firme. Dante iba un paso detrás, vigilante, como un animal que ha olido sangre y no piensa soltar la presa hasta acabarla.
—No puedo sacarme de la cabeza esas caras —susurró ella, mientras subían la escalera de mármol—. Elizabeth llevándose la mano al pecho como si de verdad se preocupara. Margarette con e