La puerta se abrió tras ella. Karem se levantó de golpe, con el corazón acelerado. Por un segundo pensó que Liliana había regresado. Que estaba dispuesta a escucharla, a perdonarla.
—¡Liliana, yo…! —empezó a decir, pero las palabras murieron al ver que quién estaba en el umbral de la puerta no era Liliana.
Era Alessandro, cuya expresión era dura, impenetrable, como si hubiese dejado todo rastro de ternura fuera del camerino.
—¿La conoces? —preguntó en seco—. ¿Vino a verte?
La confusión en