Capítulo 8. El Contrato.
La mano de Maya tembló levemente antes de que esta asintiera, un movimiento casi imperceptible, pero que pesaba como un mundo entero. Sus labios se movieron, pero no salieron las palabras. El «sí» se ahogó en un nudo de angustia en su garganta, en un grito silencioso que solo ella oía. La vida de su abuela valía más que todo su orgullo.
Elliot la observó, pero sus ojos esmeralda no reflejaban ningún rastro de triunfo. Solo había una fría satisfacción, una eficiencia casi clínica. Se reclinó en