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CAPÍTULO 5: LA FAMILIA MORETTI - PARTE 5

Luca podía imaginarlo en su oficina, con la misma expresión de siempre, sin demostrar emoción alguna.

Finalmente, su padre habló con tono más frío.

—No voy a interferir. Pero cuando esta idea fracase, porque lo hará, quiero que seas tú quien le abra los ojos.

—Si fracasa, Luca aprenderá de eso. No necesita que le abran los ojos, necesita que lo dejen intentarlo.

—Adriano... —comenzó Enzo, pero su hijo mayor ya no estaba interesado en seguir la conversación.

—Tengo trabajo que hacer. Adiós, padre.

Colgó la llamada antes de que Enzo pudiera decir otra palabra.

Se hizo un silencio en la sala.

Luca lo rompió primero.

—No tenías que hacerlo.

Adriano lo miró con seriedad.

—Sí, sí tenía que hacerlo.

Se inclinó hacia adelante y apoyó los codos en la mesa.

—Escucha, Luca. No te voy a mentir. No sé si esto funcionará. No sé si Vittoria volverá a la Serie A o si terminaremos hundidos. Pero lo que sí sé es que prefiero arriesgarme en esto contigo que pasarme la vida preguntándome qué habría pasado si lo intentábamos.

Luca lo observó por un instante.

Entonces, sin decir nada más, extendió la mano.

Adriano la estrechó con firmeza.

—Entonces trabajemos.

Porque a pesar de todo, sabían que este era solo el comienzo.

Cuando Silvia le entregó el informe detallado sobre Bellucci y los jugadores clave, Luca se tomó unos minutos para revisarlo. No era sorprendente lo que encontró sobre el entrenador: rígido en sus métodos, exigente con la disciplina y poco tolerante con la falta de compromiso. Sin embargo, lo que más le llamó la atención fue la sección sobre Rafa de Souza.

El delantero brasileño era, en teoría, el mejor jugador del equipo. Máximo goleador la temporada pasada, físico imponente, buena técnica y experiencia en primera división. Pero su actitud dentro y fuera del campo había sido un problema constante. Llegadas tarde a los entrenamientos, conflictos con otros jugadores y una reputación de creerse más importante que el equipo.

Luca cerró la carpeta y se giró hacia Silvia.

—Llámalo. Quiero que venga ahora mismo.

Silvia asintió sin sorpresa.

—Le diré que se presente en veinte minutos.

Luca miró a su hermano, que observaba el informe con el ceño fruncido.

—¿Qué opinas?

Adriano suspiró y dejó los papeles sobre la mesa.

—Ya vi a tipos como él. Técnicamente, son buenos, pero creen que el equipo gira a su alrededor. Si no los manejas bien, pueden hundirte el vestuario.

—¿Crees que podemos recuperarlo?

Adriano lo miró con seriedad.

—Eso depende de él. Pero una cosa está clara: si no cambia su actitud, lo vendemos.

Luca no respondió. No era una decisión fácil. Un jugador como Rafa tenía talento, pero también representaba un riesgo.

Quince minutos después, Silvia entró en la oficina.

—Rafa está aquí.

Adriano se puso de pie.

—Vamos.

Ambos salieron y caminaron hacia la sala de reuniones donde Rafa los esperaba.

El brasileño estaba sentado con las piernas cruzadas, luciendo relajado. Llevaba una sudadera de marca y un reloj caro en la muñeca. Al verlos entrar, esbozó una media sonrisa.

—¿Qué tal, jefe?

Luca no reaccionó a la provocación y se sentó frente a él. Adriano, en cambio, permaneció de pie, cruzado de brazos, observándolo con una expresión severa.

—Carajo, Rafa —dijo sin rodeos—. ¿Cuál es tu problema?

La sonrisa de Rafa desapareció por un segundo.

—¿Perdón?

—¿Quieres seguir en Vittoria o prefieres que te mandemos a otro equipo mañana mismo? —continuó Adriano, sin parpadear siquiera.

Rafa frunció el ceño.

—Yo no tengo problemas, solo juego mi fútbol.

—Eso dilo cuando dejes de llegar tarde a los entrenamientos y empieces a correr más que los defensas rivales —replicó Adriano con frialdad—. No eres una estrella de Serie A, Rafa. Estás aquí porque ningún club de primera quiso apostar por ti.

El delantero apretó la mandíbula.

—Yo hago mi trabajo.

—No, haces lo que te da la gana —lo interrumpió Adriano, inclinándose levemente hacia él—. Y te lo voy a dejar claro de una vez: o te alineas, o te largas.

Luca observó en silencio. Adriano tenía un aura de autoridad que pocos podían ignorar. No levantaba la voz, pero su presencia pesaba en la habitación. No hablaba para agradar ni para negociar. Simplemente establecía las reglas.

Rafa lo miró fijamente.

—¿Así que ahora ustedes mandan?

Adriano sonrió sin humor.

—Siempre hemos mandado. La diferencia es que ahora tienes dos opciones: demostrar que vales lo que cobras o convertirte en un jugador olvidado en un equipo de media tabla.

Se hizo un silencio tenso.

Rafa respiró hondo y se pasó una mano por la cabeza.

—Está bien. Haré lo que tenga que hacer.

Adriano no se movió.

—Quiero hechos, no palabras.

Luca se apoyó en la mesa y finalmente habló.

—Si realmente quieres jugar para Vittoria, demuéstralo. Sé el jugador que este equipo necesita, no el que se cree mejor que los demás.

Rafa asintió con la cabeza, aún con algo de orgullo herido, pero sin atreverse a desafiar a Adriano.

—Mañana a primera hora estaré en el entrenamiento.

—Más te vale —respondió Adriano.

Rafa se levantó y salió sin mirar atrás.

Cuando la puerta se cerró, Luca exhaló.

—Bueno. Eso fue… intenso.

Adriano sonrió con arrogancia.

—A veces, los jugadores necesitan entender quién manda.

Luca lo miró y, por primera vez, entendió por qué su hermano era admirado por tantos. No era solo un exfutbolista. Sabía exactamente cómo manejar un vestuario.

Y Vittoria iba a necesitar eso más que nunca.

El sol comenzaba a descender sobre el campo de entrenamiento cuando sonó el silbato final. Los jugadores terminaron la sesión con los músculos tensos y el cansancio reflejado en sus rostros. La práctica había sido exigente, más de lo que estaban acostumbrados, y eso se notaba en sus gestos.

Massimo Bellucci, con los brazos cruzados, observó a su equipo antes de volverse hacia Luca y Adriano, que esperaban a un costado del campo.

—Bien, aquí los tienen —dijo con su tono seco de siempre—. Vamos a ver si logran meterles algo en la cabeza.

Adriano ignoró la actitud del entrenador y dio un paso al frente.

—Todos, al vestuario. Reunión ahora.

No hubo protestas. Nadie quería desafiar a Adriano Moretti.

Los jugadores entraron en el vestuario uno a uno, algunos murmurando entre ellos. Rafa de Souza se dejó caer en su banco con una expresión de ligera incomodidad, mientras que otros, como el capitán Giulio Castelli, parecían más atentos.

Cuando todos estuvieron dentro, Luca y Adriano ingresaron.

El ambiente estaba tenso, pero nadie hablaba.

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