Al final de esos dos días en Estocolmo, cuando parecía que el reencuentro se convertía en algo más que una visita puntual, Luca y Astrid se sentaron en el pequeño salón del hotel para despedirse. Antes de dirigirse a su jet privado, Luca se inclinó hacia ella y, con voz pausada, le dijo:
—Astrid, antes de que me vaya, piensa en esto: me gustaría que consideraras mudarte a Italia. Tenerte cerca no solo me haría feliz a mí, sino que también podrías aportar tu esencia a lo que estamos construyendo. La liga continúa, y necesitamos que tú estés presente para marcar la diferencia.
Astrid lo miró, sorprendida por la propuesta y por la sinceridad de sus palabras. Después de un silencio breve, con una sonrisa que mezclaba timidez y complicidad, respondió:
—Luca, lo pensaré. Sabes que siempre he valorado lo que compartimos, y quizá este cambio sea justo lo que necesito para seguir creciendo.
Mientras tanto, en el grupo de mensajes, el teléfono de Luca vibró con la advertencia de su hermano: