Al final de esos dos días en Estocolmo, cuando parecía que el reencuentro se convertía en algo más que una visita puntual, Luca y Astrid se sentaron en el pequeño salón del hotel para despedirse. Antes de dirigirse a su jet privado, Luca se inclinó hacia ella y, con voz pausada, le dijo:
—Astrid, antes de que me vaya, piensa en esto: me gustaría que consideraras mudarte a Italia. Tenerte cerca no solo me haría feliz a mí, sino que también podrías aportar tu esencia a lo que estamos construyend