16. Lágrimas silenciosas en el jardín
—Demuéstralo.
Esa única palabra que Jaxon había susurrado se clavó en el pecho de Elara como una daga envenenada. La chica no respondió. Empujó los robustos hombros de Jaxon con las fuerzas que le quedaban, liberándose de su encierro en las escaleras, y bajó corriendo por el vestíbulo principal sin mirar atrás.
La respiración de Elara era agitada. Le ardían los ojos, pero se negaba a dejar caer una sola lágrima mientras siguiera entre las paredes de aquella mansión.
Empujó las puertas dobles de